jueves, 17 de marzo de 2011

El rumbo inevitable de la brújula. Capítulo I

Cartagena de Indias, 1597


La primera vez que le enseñaron una brújula, pensó que se trataba de una broma y se rió hasta que le dolió el vientre. No podía entender cómo la aguja siempre marcaba al norte por mucho que intentara cambiarle el rumbo. Sin embargo, a pesar de su ignorancia en materia de física y de su condición de mestizo, él no era un joven precisamente inculto. Los monjes jesuitas que lo criaron, le habían enseñado a rezar, a escoger cuidadosamente ciertas plantas para preparar remedios, a leer, a escribir y a reproducir como un artesano la Biblia y otros libros santos, pero nunca le hablaron de instrumentos de navegación o de ciencias porque no sabían mucho de esas materias.

La idea de que fuera a estudiar Ciencias en Europa fue de los monjes que cansados de recibir pequeñas limosnas, se propusieron abrir una escuela para hijos de familias ricas en América que no entrara en competencia con la Real y Pontificia Universidad de México que tanto éxito tenía desde su inauguración, veinte años atrás. Ellos se habían dedicado por más de medio siglo a catequizar e instruir espiritualmente a los nativos y conquistadores de Lima y México, sin embargo, desde que habían llegado a Cartagena de Indias en 1570, habían tenido que vivir de la merced de un buen portugués que les prestó su casa, por lo que creyeron que era tiempo de recoger el fruto de su labor.

Pero una escuela, para tener suficiente seriedad, necesitaba al menos una persona que dominara física, matemáticas, astronomía, ramas que ninguno de aquellos monjes conocía a profundidad. Entonces pensaron en Bartolomé que aunque mestizo, era un chico bien listo y de su entera confianza, al que habían cuidado desde que su madre se los encargó al nacer, junto con una considerable suma de dinero a cambio de que nunca le revelaran el nombre de ella.

Cuando le hablaron de viaje, Bartolomé lejos de alegrarse se atemorizó, él siempre había sido un niño inteligente, pero muy tímido y de tan solo pensar que iba a enfrentarse a lo desconocido, le temblaron las piernas. Sus protectores le inculcaron valor asegurándole que en Europa, también estaría bajo el cuidado de la Iglesia, pero como el joven no cedía, decidieron alimentarle el ego y le prometieron la Dirección Académica de la futura escuela que estaría destinada a preparar a los estudiantes antes de entrar a la universidad.

Para atraer a las familias ricas, Fray Ludovico había ideado un nuevo método educativo que llamó “ratio studiorum”. El método constaba de dos ciclos, el inferior o colegio y el superior o universidad. Ellos se dedicarían en un principio solo al ciclo inferior y aprovecharían su cercanía con la Real y Pontificia Universidad de México para enviarles a sus egresados. Luego, con los años, esta experiencia les valdría para abrir paralelamente su propia universidad.

¿Pero por qué tengo que ir a Europa a estudiar ciencias?... La Universidad de México está más cerca. - Preguntó Bartolomé.

Porque un maestro diplomado en cualquier universidad europea, atraerá más estudiantes que uno egresado de la Universidad de México. - Apuntó Fray Ludovico.

Bartolomé que conocía las desventajas de ser mestizo y bastardo, luego de conversar varios días con su almohada y de escuchar los consejos repetidos de los frailes, comprendió que esta sería una oportunidad única para lograr un lugar social, equiparable al de un peninsular y terminó por aceptar.

Después de unos meses de preparativos y muchas cartas a la jerarquía eclesiástica de Roma donde explicaban la idea en detalles y les ofrecían un diezmo anual de la ganancia que dejara la escuela, los sacerdotes obtuvieron el apoyo del Vaticano y consiguieron por una parte, mandar a Bartolomé a una Universidad de Italia con todos los gastos pagos y por otra, el total financiamiento de la construcción del recinto escolar.

Después que el buque elevó ancla y salió del puerto dejando atrás la tierra que lo vio nacer, a Bartolomé se le salieron las lágrimas, entonces sintió deseos de tirarse al mar para nadar hasta la costa y luego correr al convento de donde nunca había salido. Pero en ese instante de desesperación, dos marineros que trabajaban en cubierta, empezaron a mirarlo con una sonrisa burlona y el joven imberbe, sorprendido en su debilidad, se secó las lágrimas y corrió a buscar la protección del Capitán del barco, quien a cambio de un frasco de remedio para la gota, le había jurado a los monjes que cuidaría del muchacho como si fuera su propio hijo.

Durante la travesía hasta Europa, Bartolomé no le perdió pie ni pisada al Capitán hasta que aprendió el arte de la navegación con tal destreza que fue nombrado Segundo al Mando. Para él, la carta náutica y los instrumentos de medición, en especial la brújula, dejaron de ser objetos incomprensibles o bromas estúpidas y se convirtieron en guía de todas sus decisiones. Admirado por su inteligencia y empeño, El Capitán del buque decidió un día probar a su discípulo y le encargó todas sus tareas, hasta convencerse de que el joven sabía tanto o más que él de navegación, entonces determinó tomarse su remedio para la gota y descansar, dejando la suerte del viaje en las manos de su protegido.

El aire de mar y el ejercicio en cubierta, le marcaron los músculos a Bartolomé convirtiéndolo en un joven fornido y tostado por el sol que a fuerza de dar órdenes, consiguió tener una voz grave y poderosa. Poco a poco el muchachito tímido se convirtió en un joven decidido y lleno de confianza en si mismo que todos en el buque aprendieron a respetar, a pesar de que no tenía barbas.

Gracias a la pericia de Bartolomé el 6 de febrero de 1597, El Buque Santa Virgen María, atracó en el Puerto de Gibraltar. Cuando dieron el grito de tierra, El Capitán se despertó sobresaltado de su siesta y maldijo la hora en que habían llegado a su destino porque a partir de ese momento, tendría que despedirse del joven Bartolomé y volver a tomar el mando del barco.

Bartolomé hubiese dado lo que no tenía por quedarse al frente del buque y pasarse el resto de su vida navegando en el mar, pero su compromiso con los frailes y la promesa que le hicieran de nombrarlo a su regreso Director Académico de aquella escuela, pudo más que sus deseos y fue a despedirse del Capitán que más que un maestro, se había convertido en un gran amigo. Con aire de sorpresa, Bartolomé tomó la paga que insistió en darle El Capitán por sus excelentes servicios y después de unos abrazos, fue por sus pocas pertenencias. Ya en su camarote contó todo el capital que poseía y al verse con más dinero del previsto, decidió continuar su viaje por tierra para ver un poco de Europa antes de llegar al Vaticano, donde debería presentar sus cartas credenciales, para luego partir a La Universidad de Padua.

El recorrido por tierra no le fue agradable porque el invierno era mucho más crudo de lo que imaginó y tuvo que gastarse parte del dinero en un abrigo que le tapara bien, quedándose con poco capital para comer. Por la nieve y el hielo de los caminos, llegó al Vaticano mucho más tarde de la fecha acordada y no le estaban esperando apropiadamente. Para su mala suerte, por esos días en los pasillos del Vaticano solo se hablaba del dolor que le había causado a Su Santidad El Papa Clemente VIII que Giordano Bruno no se retractara de sus teorías herejes y mientras Su Excelencia permanecía encerrado en sus habitaciones, afuera todos los súbditos esperaban con nerviosismo que el Papa acabara de firmar la sentencia de muerte en la hoguera para Giordano Bruno, por el bien de la Iglesia Católica.

Bartolomé no entendía nada de lo que escuchaba, ni sabía quien era Giordano Bruno, pero llegó a la conclusión, que debía de ser el peor criminal, cuando irritaba tanto a la Iglesia. Con semejante alboroto, su cita con el Papa Clemente VIII fue cancelada a pesar de la curiosidad del Pontífice por conocer a aquel mestizo del que tanto le habían hablado y en quien La Iglesia, había invertido una cuantiosa suma para darle estudios.

Bartolomé fue recibido por un asistente sin rango que en vez de agasajarlo, le entregó fríamente las credenciales que debía de presentar cuando llegara a su destino y luego trató por todos los medios de alejarlo del Vaticano cuanto antes, al punto que no le permitió ni dormir en la Santa Sede por aquella noche. Cansado y mortificado por que no tuvo buena acogida en aquel lugar lleno de lujos que al parecer estaba reservado solo a los privilegiados, Bartolomé abandonó el salón para pasar la noche en una humilde posada de la que saldría a la madrugada siguiente, rumbo a Padua. Allí, en la oscuridad del granero que le dieron para dormir, maldijo a Giordano Bruno porque le había privado de la oportunidad de conocer al Papa Clemente VIII.

Después de todo aquel recorrido, Bartolomé llegó finalmente a la Universidad y desde que dio su primer paso dentro del recinto sintió que la vida le había cambiado completamente. Lejos de lo que esperaba, la Universidad de Padua fue una revelación para él, un paraíso donde con tan solo voltear la cabeza podía respirar sabiduría, por lo que a las pocas semanas de haber ingresado en el aula, se olvidó por completo de la brújula, del mar y del crudo invierno de Europa.

Al segundo año de estudios, Bartolomé se había convertido en el alumno ejemplar que todos esperaban que fuese y su fama de inteligente había crecido tanto que recibió una invitación de su profesor de Filosofía para asistir a una disertación que daría el Maestro Sir Francis Bacon a quien habían hecho venir desde Francia, para que hablara sobre El Ecepticismo. El Decano de la Facultad que no veía con buen ojo la teoría de negación de Bacon porque ponía en duda todo el conocimiento existente, se alarmó cuando sus profesores le anunciaron que el ilustre Maestro había aceptado la invitación que ellos le hicieran y decidió que la disertación, por su carácter extremadamente polémico, se realizaría solamente para los profesores y algunos alumnos escogidos.

Cuando llegó el día, Bartolomé se cuidó de terminar temprano sus experimentos de física para ser de los primeros en llegar a la Cátedra y conseguir algún asiento delantero. Quería verle bien el rostro y las expresiones al Maestro, mientras impartía la conferencia y corrió hacia el auditorium con toda la velocidad que le dieron sus piernas. Al llegar, vio al profesor de la Cátedra de Matemáticas Galileo Galilei y se sentó a su lado, en busca de la compañía de alguien inteligente con quien poder conversar sobre Bacon.

Galileo y Bartolomé, siempre habían tenido una relación cordial, a pesar de que muchos estudiantes tildaban al profesor de ser demasiado exigente a la hora de calificar. Bartolomé le estaba agradecido al maestro porque Galileo le había ofrecido un lugar de asistente en un experimento que estaba realizando sobre la relación entre la densidad de los objetos y su velocidad al caer, pero cuando Bartolomé le dijo que tenía el compromiso de regresar a América al terminar sus estudios, Galileo decidió buscarse otro ayudante que no le abandonase a medio camino, no obstante para Bartolomé el gesto de su maestro era de apreciar.

En cuanto Bacon entró al salón, todos se pusieron de pie y aplaudieron su presencia, el Decano de la Facultad, sentado al lado del Inquisidor de Padua, miraban con recelo la escena. Bacon comenzó con una frase que marcó a Bartolomé para el resto de su vida: “El experimento impera sobre los principios deducidos” e inmediatamente arremetió contra el método inductivo deductivo de Aristóteles porque en su opinión carecía de una validación verdaderamente científica que solo se podía obtener experimentando en el laboratorio. Como se trataba de refutar a Aristóteles, El Decano y El Inquisidor de Padua se mostraron muy complacidos, pero después de una hora de disertación, las palabras de Sir Francis Bacon tomaron un rumbo que no les gustó.

“Somos siervos e intérpretes de la naturaleza...por eso tenemos que dudar de todo lo que vemos o sabemos preconcebidamente... tenemos que dudar hasta de nuestras tradiciones, de la enseñanza que nos dieron...La verdad no se deriva de la autoridad, si no de la experiencia.-” El auditorium rompió en aplausos, pero El Decano y El Inquisidor de Padua salieron en medio de la algarabía con el disgusto marcado en sus rostros. Al ver que Sir Francis Bacon hizo una reverencia para terminar su disertación, Bartolomé trató de acercársele, pero le fue imposible moverse en medio de la multitud y vio como varios profesores rodearon al maestro y le ayudaron a salir del salón.

La salida del auditorium fue lenta, Bartolomé y Galileo que estaban en las primeras filas, fueron casi de los últimos en lograr abandonar el lugar, Bartolomé trató de entablar una conversación inteligente con el profesor, pero Galileo se mostró tan preocupado y ensimismado que no logró arrancarle ni un solo comentario sobre las ideas de Bacon. Ya afuera, maestro y alumno se despidieron con una ligera inclinación de cabeza e inmediatamente, Galileo tomó por el sendero de la derecha y Bartolomé por el de la izquierda para llegar lo antes posible a su dormitorio, donde bajo la luz de una vela, escribió en su diario todos los pormenores de lo que vio, escuchó y aprendió durante la disertación.

A esas mismas horas, dentro del recinto universitario, El Decano y el Inquisidor de Padua se mantenían reunidos para tratar de encontrar un punto que les permitiese llevar a Sir Francis Bacon a ser interrogado por la Inquisición, pero como a la media noche les llegó la comunicación de que Bacon acababa de partir a toda prisa para Inglaterra porque su padre estaba terriblemente enfermo. A sabiendas de que les sería muy difícil apresar a Bacon dentro de Inglaterra por la protección que gozaba el filósofo por parte de la corona de su país, El Inquisidor de Padua y El Decano de la Facultad de Filosofía, desistieron entre regañadientes a continuar con sus planes.

Aquella noche Bartolomé durmió feliz, se sentía tan a gusto en la Universidad que se vio en sueños, convertido en todo un profesor, impartiendo una clase magistral en el auditurium donde todo el mundo le aplaudía y admiraba. De repente unos golpes suaves en la puerta de su dormitorio lo despertaron. Entre sorprendido y somnoliento se tiró de la cama sin imaginar quien podría llamarlo a esas horas y bostezando con pereza abrió la mirilla, pero como la oscuridad no le permitía ver quien era, no descorrió los cerrojos; entonces el visitante, comprendiendo la duda del muchacho, se acercó la lámpara al rostro para que lo reconociera. Con dificultad pudo detallar la cara de su maestro Galileo que con un dedo en la boca le mandaba a hacer silencio; de prisa quitó el cerrojo tratando de no hacer ruido y le dejó pasar. El profesor entró como una sombra, cerró con cautela la puerta y sin tomar asiento le susurró casi al oído.

Vine porque no podía dormir sin advertirle...Mire, Bartolomé usted es un estudiante muy aventajado, pero muy ingenuo y se está exponiendo al peligro -

¿De qué habla Maestro?.- Preguntó confundido el joven.

Por ejemplo, hoy quiso comentar conmigo sobre Sir Francis Bacon casi delante de las narices del Inquisidor...¿No sabe usted que el Tribunal del Santo Oficio no ve con buen ojo a Sir Francis y todo el que simpatice abiertamente con él puede ser mandado a interrogar?.- Galileo observó la enorme confusión en el rostro de Bartolomé.

¿Y por qué la Universidad lo invita a Padua? .- Preguntó ingenuamente Bartolomé.

Una cosa es que las universidades actúen como si fueran independientes de la Iglesia y otra es que lo sean. El Inquisidor se hace el de la vista gorda, pero tiene todo el poder del mundo sobre el Decano y entre los dos, estiran y encogen la soga para ver quien cae en la trampa. Usted estudie, aprenda y calle. Si quiere hablar búsqueme en mi laboratorio donde pocas gentes nos vean...- Bartolomé miró a Galileo con los ojos muy abiertos por la sorpresa.

No me mire con esa incredulidad...¡¿Aún no se ha dado cuenta de que está rodeado de aves de rapiña?! ¡¿No vio lo que le pasó a Giordano Bruno hace un par de años?! .- Bartolomé hizo un esfuerzo por recordar.

Si...me enteré que lo quemaron pocos días después de mi llegada a Italia .- Balbuceó.

¿Sabe por qué?.- Bartolomé negó con la cabeza.

Por afirmar públicamente que la Tierra es redonda .- Afirmó Galileo.

- Pero...- . Balbuceó Bartolomé lleno de confusión.

Ajá...diga, diga lo que piensa. - Insistió Galileo, tratando de estimular a su discípulo para que hablara.

La Tierra es Redonda .- Afirmó el estudiante.

¡Exacto! Pero eso solo me lo puede decir a mi cuando no haya testigos presentes...A menos que quiera verse convertido en un montón más de cenizas inútiles como Giordano Bruno -

A Bartolomé se le cayó el mundo encima, no comprendía cómo habían podido ejecutar de forma tan cruel a un hombre solo por decir una verdad científica y a punto de desmayarse, se sentó sobre la cama. El Maestro lo miró fijamente, intuyendo que de un momento a otro el alumno se levantaría y correría a esperar el amanecer frente a la puerta del Decanato para a primera hora, renunciar a la Universidad como única vía de alcanzar la gracia de vivir una vida tranquila y morir en el lecho de cualquier aldea desconocida.

¿Se está preguntando si vale la pena conocer los secretos del mundo? .- Murmuró Galileo.

- ¿Usted abandonaría todo? .- Preguntó Bartolomé y por respuesta obtuvo un no rotundo del Maestro.

Entonces por qué habré de hacerlo yo .- Respondió decidido el joven.

A partir de ese momento entre Galileo y Bartolomé se creó una hermandad movida por el saber y el amor a la verdad. Durante más de un año alumno y maestro fueron inseparables, era frecuente que los dos permanecieran en los laboratorios hasta el amanecer, se sentaran frente al telescopio del observatorio por largas horas y resolvieran cálculos matemáticos que al parecer no tenían solución. Hasta que aquella madrugada en que estaban al darse por vencidos y renunciar a una vieja hipótesis de Galileo sobre el curso de la Tierra, tropezaron con la verdad.

¡Ahora lo veo! ¡Lo acaba de demostrar usted en ese esquema! -

¡Cómo no se me había ocurrido antes!...¡Estaba obsesionado con una trayectoria en círculo, por eso no encontraba explicación a las estaciones del año!...¡Pero en este dibujo está clarísimo, la Tierra se mueve alrededor del Sol en forma de elipse, cuando está más cerca del sol es verano y cuando está más lejos invierno! - Exclamó Galileo conmovido por el hallazgo. - ¡Tan obvio que lo veo a hora y tantos años que me ha costado darme cuenta! -

Emocionado, Bartolomé abrazó a Galileo con euforia, pero al separarse observó una expresión de preocupación en el rostro de Galileo que casi le corta la respiración.

¡Se ha puesto pálido Maestro!..¡¿qué sucede?!

Esta verdad me quema desde hace años, muchos más de los que tu tienes. Siempre me pregunté que haría cuando pudiera probarla ante los ojos de la ciencia .-

¿Y qué va a hacer?-

- Ha puesto el dedo en mi llaga... ¿Usted no has pensado cómo la Iglesia va a justificar su poder, si la Tierra no es el centro del Universo y todos los planetas no se mueven alrededor de ella? -

- ¡Que la Iglesia se las arregle como pueda, Maestro. No se amargue el momento! .- Galileo, esquivó la mirada de su discípulo y se dispuso a alejarse, pero Bartolomé le interrumpió el paso.

- Maestro, usted le ha dado forma a una verdad que hará tambalear el mundo...¡Alégrese! -

Galileo sonrió con esfuerzo y palmeó el hombro de Bartolomé.

- Por todo el afecto que me tienes, déjame ir a descansar, necesito poner mi cabeza en orden .-

A pesar de sentirse confundido por los cambios bruscos de su amigo, Bartolomé llegó a su habitación aún con la euforia del descubrimiento y haciendo caso omiso del cansancio se sentó a escribir todos los pormenores en su diario, hasta que el sueño lo venció y se le fueron cerrando los ojos de a poco. La mañana lo sorprendió con la cabeza apoyada en el escritorio y la vela derretida casi en la punta de su nariz, asustado porque se le había hecho tarde, se pasó las manos por el pelo, corrió a la jarra de agua, vertió un poco en la vasija y se lavó la cara en un, dos por tres. Con la misma, tomó su cuaderno de anotaciones y salió a toda velocidad hacia el laboratorio de física. Pero al llegar a la puerta se encontró a Galileo, acicalado y vestido con sus mejores ropas, esperándolo de manera inusual. Al verlo, el maestro se le acercó con los brazos abiertos.

- ¡No quise irme sin una despedida! .- Mencionó Galileo ante la mirada atónita de Bartolomé.

¡Irse!, pero a dónde, Maestro.- Galileo lo abrazó efusivamente dejándolo sin aliento y al separase le puso un dedo en la boca, entonces le susurró al oído.

- Hace una par de horas decidí que voy a lanzar a la luz pública mi verdad, pero antes debo visitar a algunos amigos para que me protejan del alcance de la Inquisición.

- Permítame ir con usted, Maestro .- Suplicó Bartolomé, tragándose el sonido de sus palabras por la emoción.

- Ni pensarlo, usted es muy joven y aún le quedan muchos años para descubrir otras verdades...Termine sus estudios y cumpla con su misión de regresar a América que yo me encargaré de dar esta batalla .-

A través de sus lágrimas Bartolomé vio alejarse a Galileo, iba erguido como suelen marchar los soldados hacia a la guerra y no volvió el rostro ni para decir adiós.

A partir de ese momento, Bartolomé solo supo del maestro por las noticias que corrían en los círculos académicos y justo el día en que se graduó con honores en Filosofía, Matemática y Física, chocó con la terrible desilusión de saber que su Maestro se había retractado para salvar la vida, entonces corrió a su cuarto y se postró delante de un crucifijo de madera que colgaba de la pared, justo detrás de su cama y por primera vez en la vida blasfemó contra Dios, una, dos, muchas veces hasta que la ira le arrancó un llanto tan abundante que al brotar, terminó por limpiarle el odio, entonces comenzó a sentir el mismo horror que sufrió su Maestro y se compadeció de él.

En el trayecto de esos siete años de estudio, Fray Ludovico y otros de los monjes que le criaron habían muerto en Cartagena de Indias a causa de una epidemia de viruelas que azotó a la población y Bartolomé que ya no recibía correspondencia de manera tan seguida como al principio, comenzaba a sentirse muy alejado del continente que lo vio nacer y del proyecto de la Escuela. Su realidad era ahora la ciencia y por ella era capaz de cualquier sacrificio, hasta el de no cumplir con la promesa de regreso que le había dado a los monjes.

Pero dos días después de graduarse, recibió una carta del Vaticano donde le felicitaban por sus éxitos y a la vez le anunciaban que la escuela donde impartiría clases en Cartagena de Indias ya estaba terminada. En el último párrafo de la misiva, sus benefactores le rogaban que emprendiera el viaje de regreso cuanto antes, para que pusiera en marcha el primer curso escolar y además, le dejaron saber que varios monjes jesuitas ya habían partido de Italia para asumir las diferentes áreas de dirección de la escuela. Esto último llenó de curiosidad a Bartolomé quien hasta el momento tenía entendido que sería él quien asumiría la responsabilidad directriz del recinto.

Lleno de suspicacia, levantó la vista de la carta para fijar su mirada en aquel crucifijo que al parecer llevaba siglos, clavado en esa misma pared, como si la sencillez de su forma fuera capaz de desentrañar los misterios de la existencia humana. Luego de unos minutos de reflexión llegó a la conclusión, que los enviados por el Papa Clemente VIII para dirigir la escuela, debían de ser miembros del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición que sin dudas pretendían tenerlo vigilado en Cartagena de indias por haber sido un discípulo cercano de Galileo Galilei. Si bien existían desde 1569 un tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en México y otro en Lima, estos tenían la misión de castigar y controlar las prácticas herejes que aún mantenían los indígenas, pero poco sabían del castigo que le daba la Iglesia en Europa a aquellos que a través de la ciencia pusieran en dudas sus dogmas y teorías.

Entonces, blasfemando contra los manejos siniestros de la Iglesia, decidió aceptar la afrenta y determinó que regresaría a Cartagena de Indias para proteger de la Inquisición a aquella escuela que con tanto sacrificio habían creado sus protectores y de paso, darse el gusto de gritar frente a los estudiantes que la Tierra se movía alrededor del Sol.

Junto con aquella carta repleta de órdenes, Bartolomé recibió un regalo muy elocuente por parte del Vaticano, venía en una cajita de madera de sándalo que al abrirla tocaba música y al fondo, envuelta en un pañuelo se seda, se encontraba una brújula. Debajo de esta, Bartolomé encontró una tarjeta firmada por el Papa Clemente VIII, curiosamente la nota empezaba con una frase en latín: “Pater Noster, et ne nos induscas in tentationem” y luego terminaba en español: “Ve siempre por el camino que te lleve hacia Dios”. La carta principal tenía una posdata donde le explicaban que esa brújula había pertenecido al Papa Clemente VIII por muchos años y le aclaraban que se trataba de una prenda muy querida para el Pontífice, quien solía llevarla a todos sus viajes porque aseguraba que el instrumento le indicaba los senderos hacia El Padre Celestial. El Papa había decidido bendecirla y enviarla como regalo a Bartolomé porque en su opinión, un joven tan sabio debía permanecer muy cerca de Dios.

Sorprendido por recibir aquel obsequio que ponía un dedo en su llaga de navegante frustrado, Bartolomé sonrió al ver la brújula. Pero releyendo las frases enviadas con el instrumento, comprendió que se trataba de una advertencia.

Con curiosidad detalló de nuevo a aquella la brújula que en su opinión, debería de tener incrustaciones de oro y piedras preciosas por haber pertenecido al Papa y sin embargo, era el más sencillo de todos los instrumentos. Entonces pensó en la cara de asombro de sus protectores en Cartagena de Indias, cuando les mostrara el regalo del Papa y al darse cuenta, que el regreso comenzaba a producirle emoción, miró de nuevo el crucifijo de madera y sonrió.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Me encanta. Que planes hay de publicacion? Mantennos informados. BG

Carmen Duarte dijo...

Esta novela aún no la he terminado, pero puedo adelantarte que otra de mis novelas titulada DONDE EMPIEZA Y ACABA EL MUNDO, será publicada a mitad de este año por la editorial LinkguaUSA y la presentaré al público durante la Feria Internacional del Libro de Miami 2011.

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